Un Debut inesperado

03/02/2010 - Madrid

Justo al acabar la carrera de Magisterio (especialista en Educación Física), me sumergí en el mercado laboral. Tuve la fortuna de encontrar trabajo pronto y encima de lo mío, aunque fuera en el ámbito extraescolar, particularmente en la enseñanza lúdico-deportiva. Era una empresa y me daban de alta en la Seguridad Social, todo legal. El colegio era uno de los más conflictivos (de hecho nadie lo quería como destino…y me contrataron al ver que estaba dispuesto a trabajar donde fuera), el García Morente, con una inmensa mayoría de alumnado de etnia gitana y con problemas de integración. Coincidió que también me llamó un antiguo compañero de facultad (concretamente del equipo de Baloncesto de la facultad) proponiéndome trabajar en las escuelas deportivas municipales. Podía compaginarlo con la otra extraescolar, pero no me acababa de convencer eso de cobrar en concepto de voluntariado para gastos dedicados al transporte y a las dietas. Al final, acepté porque confié en aquel compañero (sobre todo porque nunca me dio motivos para desconfiar) ya que con él compartí minutos de cancha y porque además quedaba en el mismo distrito.

 

El Baloncesto me gustaba demasiado y me sentía en el deber y la obligación de enseñarlo, lo mejor que pudiera y supiera. Aunque se trataran de escuelas deportivas, en cuánto tuve la ocasión, fui a todos los clinics (gratuitos, eso sí) que se me ponían a tiro. Recuerdo que algunas personas se sorprendían cuando les comentaba que llevaba “sólo” escuelas (no es habitual que haya muchos “monitores” que vayan a clinics…).

Al segundo año, el panorama cambió un poco, no mucho. Por las mañanas me surgió otra actividad (con una empresa de la competencia porque a la anterior no le renovaron el concurso público), para enseñar Baloncesto en el distrito de Chamberí, el alumnado era distinto, ésta vez no eran tan conflictivo aunque algunos alumnos provenían de casas de acogida. Por las tardes, seguía con las escuelas deportivas.

La verdad es que estaba contento, pero me faltaba algo y no sabía qué era.

 

En Enero del 2009, apareció el compañero de la facultad (la persona que me ofreció trabajar en las escuelas deportivas municipales -de hecho era el coordinador de la actividad-) con una buena noticia y me comentó el caso de un amigo suyo entrenador que por motivos de formación se tenía que ir a Inglaterra para perfeccionar su nivel de inglés y que durante ese tiempo no podría dirigir su equipo de infantiles. Afortunadamente, ya conocía al entrenador-amigo suyo de una cena que organizó el coordinador durante las vacaciones de invierno (Navidad…para los no-laicos). El equipo en cuestión al que tendría que dirigir era un equipo serio, de un club, que además jugaba en preferente A2.

Me coincidía en horario con mi equipo de amigos senior amateur (jugábamos en la liga municipal del Ayuntamiento los Sábados por la mañana), el Yurtim. Lo medité un poco porque se me hacía raro dejar de lado el equipo de amigos (que además capitaneaba), pero no tardé mucho en darme cuenta que era una oportunidad que me cambiaría la vida.

 

Acepté el reto de llegar a un equipo a mitad de temporada. Recuerdo que hablé mucho con el entrenador sobre las rutinas del equipo. Quería continuar el trabajo del entrenador y tratar de ser fiel a sus principios (no los conocía a la perfección, pero tampoco creía que pudieran diferir mucho de los míos). Hicimos todo lo posible por que el cambio fuera lo menos brusco posible aún sabiendo que los jugadores lo notarían… Incluso, tuvimos tiempo de tener una semana de transición en las que tuve algo de tiempo para familiarizarme con las dos jugadas de fondo y las dos de banda. Luego, estaríamos en contacto por mail y por MSN (Messenger).

 

En principio iba a empezar el M-27 de Enero a entrenar. Desgraciadamente, el S-24 de Enero falleció mi padre, tras casi un año medio soportando un horrible cáncer. Estuve una semana de luto. No empecé el día previsto. Lo retomé todo a la semana siguiente.

Al empezar, tuve que hacerme con el grupo. Nunca me cambiaron un entrenador a mitad de temporada en mi época de jugador y por esa razón traté de imaginarme cómo se tenían que sentir los chicos. La gran diferencia con las escuelas es que ellos estaban allí para formarse a la par que competían como jugadores, estaban dedicando gran parte de su tiempo (y también sus progenitores) en su formación deportiva y tenían las nociones básicas asentadas. Era un grupo al que tenía de dirigir fijándome en las similitudes y en las diferencias o particularidades de cada uno.

 

Fue una temporada algo dura en cuanto a resultados se refiere. La moral estaba por los suelos. Podíamos contar con los dedos de una mano las victorias conseguidas. No obstante, nunca dejé de creer en el trabajo formativo y me las ingeniaba para que cada entrenamiento fuera mejor que el anterior para que vinieran siempre motivados. Al final, logramos evitar el descenso y se acabó la temporada de forma bastante satisfactoria (teniendo en cuenta que hubo un cambio de entrenador…y a mitad de temporada y que yo me acababa de sacar el "famoso" nivel 0-0 de la Federación de Baloncesto de Madrid).

 

Tengo un muy grato recuerdo de aquel primer equipo que dirigí (buenos y menos buenos momentos). Recordaré siempre a todos esos chicos (Carlos, Héctor, Alberto, Klendy - y su hermano-, Adrián, Raúl, Isidro, Iván, Jorge, Eduardo y Sergio, por orden numérico). De todos estos chicos, actualmente 6 siguen en el club. Tan sólo hubo uno que dejó el Baloncesto para pasarse al fútbol. Los otros restantes, salvo uno por problemas en la rodilla, siguieron practicando Baloncesto pero fuera del club.

 

A día de hoy, todo ha cambiado bastante. Ya no llevo escuelas deportivas municipales porque pasaron la gestión a una empresa que ofrecía un menor presupuesto, en vez de dejarla en manos del club que la llevaba desde hace años (nunca hubo quejas). Pensé en mandar el CV a la empresa encargada de llevar las escuelas deportivas, pero por otro lado hubiera sido aceptar esa indigna privatización. Una vez más, me busqué la vida y me salió otra actividad extraescolar, con la empresa que me tenía contratado por las mañanas, con tan buena suerte que el colegio estaba en mi distrito (La Arganzuela).

 

La directiva del club me propuso entrenar un equipo para la presente temporada 2009/10, y me gustó tanto la experiencia de entrenar en un club que acepté sin pensármelo dos veces. A día de hoy llevo el primer pre-infantil de la historia del club y lo llevo muy bien porque siento que los chicos se divierten jugando y que se está creando entre todos ellos una complicidad que puede ser causante de buenas amistades de adolescencia. Además, los resultados también acompañan, no es lo más importante, pero ayuda a creer en el trabajo realizado en los entrenamientos (sólo hemos tenido 3 derrotas).

 

Finalmente, noto que tengo más Baloncesto en las venas del que pensaba y cada día estoy más convencido que hice la elección correcta. Me alegro que mi padre pudiera estar al tanto de la nueva vida que escogí. Me llena de satisfacción comprobar también que el equipo senior amateur de amigos, el Yurtim, continúa su andadura los Sábados por la tarde (todos mis compañeros accedieron a cambiar la mañana por la tarde para que pudiera compaginar ambos equipos). Me ilusiona comprobar que aquel compañero del equipo de la facultad y aquel amigo suyo (que tuvo la grandiosa idea de ir a Inglaterra a perfeccionar inglés) son ahora dos magníficos compañeros-entrenadores (Ángel y Diego). Me motiva cada día más el hecho de re-encontrarme con antiguos compañeros (de cancha, de facultad, etc…) y antiguos entrenadores para comprobar que el Baloncesto siempre une y reúne.

 

Cada día estoy más convencido de la decisión que tomé. Quizás sea raro empezar una temporada en Enero, pero… ¿cuántos entrenadores han tenido la ocasión de empezar a mitad de temporada y enfrentarse a todos esos retos? Me siento afortunado de haber recorrido todo este camino porque cada día estoy más mentalizado de lo que representa ser entrenador de Formación: fomentar y promover la adhesión a nuestro deporte mediante buenas sensaciones que quedan grabadas en la memoria para que en un futuro sean dignas de ser recordadas (y escritas).